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18.1.09

Juana lucky strike

Ella se intoxica de a poco. Como si el dolor pulmonal y gargantual puediera aplacar los otros dolores. Humo que te nubla le dicen a Juana los ex. Juana no responde, no sabe como hacer, no sabe que decir. Se levanta una mañana por la mitad y saluda a su compañero de turno. Ella no sabe bien como llegó ahí – tampoco se preocupa por averiguar-. Pone agua en la pava desconocida, de la hornilla desconocida del amigo desconocido, o ya no tanto. Le gusta tomar mate y meterle trozos de naranjas, como para amenizar el suculento trago con palitos. Bebe uno, dos y hasta tres. Y retoma el acto de fumar. El compañero se levanta, entre sorprendido y enemistado, por la avasallante actitud de Juana. Ella no sabe que decir. Se sonrien mutuamente, como si se hubieran conocido en la noche. Charlan de la vida, de la música, de la infancia. Juana se quiere bañar con un jabón desconocido esa vez. Juana se baña luego del compañero de turno. Se siente limpia aunque no puede bañar sus órganos internos. Juana sabe de agujeros en las paredes y otros agujeros. Juana sabe, aunque finge no comprender. De repente, el reloj marca las cuatro de la tarde. Y no entiende como pasó el rato, entre humos charlas y mate. Juana se despide. Y piensa que hasta quizás-incluso se pueden volver a ver.

7.1.09

Juana, la combativa


La diferencia entre las personas se observan en cosas mini, micromini, detalles que sellan un gran contraste con el resto del mundo. Juana es diferente. Ella se sube al colectivo en plena época veraniega, en la zona comercial más conocida dispuesta a sufrir un viaje de calor y pegoteo. Deja pasar tres colectivos de una línea de centenas hasta que al fin puede subir. Es como la quinta en subir a esa unidad. Su cartera símil cuero se le derrite en la piel como un helado morboso. Mientras el amontonamiento la empieza a inundar ella le comenta a la persona de adelante “a ver, permiso”. El sujeto delantero arremete “no hay lugar”. En este instante de inflexión la historia puede ser diferente o igual. Creer que realmente el colectivo esta lleno y quedarse atragantado en el cabezal del bonditur O –sí, con mayúscula- intentar avanzar para el fondo. Como la revolución es ancestral en las venas inocuas de Juana, contra todo pronóstico de la gente del montón, Juana empieza con suaves codazos avisando con su voz. “permiso, permiso, gracias, permiso, permiso, gracias”. Logra atravesar el pasillo suculento, sube los dos escalones impertinentes y llega al fondo. Luego de dos paradas, está sentada en la última fila del lado de la ventana. ¡viva la revolución!

29.12.08

Juana on line

Se sube al colectivo: Palermo – Recoleta es el recorrido. Juana tiene un vestido verde, colorido, ajustado, con breteles, no tan corto, le queda bien. Una señorita amable le ofrece el asiento, y ella acepta creyendo que la amabilidad se debía a una próxima bajada del bondi. Luego se da cuenta; ella agradece el mate y la hinchazón menstrual, porque así pudo sentarse en un colectivo casi lleno. Ya la parecía que la sonrisa de la mujer que le daba el asiento, era demasiado eufórica, y además esperaba un gracias que nunca llegó. Juana reflexionó: le dieron el asiento porque la creyeron embarazada.
Debe ser por el vestido: lo que para algunos merece una guarangada, para otros merece un asiento. Los hombres y las mujeres ven todo distinto piensa. En el trayecto lee un cartel que dice “el hambre es un crimen” y ella tiene una bolsa con medio pan dulce y piensa si será una criminal.
Juana tiene miedo de que la increpen y la acusan por mentir descaradamente sobre su falso embarazo. Se sorprendió pensando que justo hoy se veía flaca, y se tocó la panza, no acariciando al bebé sino a los residuos del mate frío. Pensó como sería estar embarazada y exigir el asiento, pero sin dudas, esta opción era más cómoda, te daban el asiento sin la olbligación de que críes a un niño por años. Miró por la ventana y vió mucha gente morocha teñida de rubio y se sintió casi tan infame como ellos “No estoy embarazada, pero acepté el asiento sin dudar”; no tenía opción: luego de cinco paradas y al descubrir que la donante del lugar no se bajaba, ya era peor decir la verdad. Sostener la mentira o ser apedreada por corrupta. Para disimular se tocó la panza, donde el pliegue del vestido acurrucaba al bebé imaginario. No dejó de mirar la ventana compulsivamente, ya que si alguien la miraba a los ojos, no iba a poder seguir el juego. Y las voces de los dadores de asientos charlaban de otras cosas, y ella sentía la presión sobre sus hombros y un temor voraz de que le dijeran la cruda verdad: Vos no estas embarazada, devolveme mi lugar.